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Don Quijote Bolívar – Miguel de Unamuno

Fragmentos del ensayo

“Don Quijote Bolívar” de Miguel de Unamuno

Presente en el libro Bolívar (Col. Paralelos)

DON QUIJOTE BOLÍVAR

CUANDO ME PONGO a escribir estas líneas sobre Bolívar, uno de los más grandes y más representativos genios hispánicos, arde la guerra, una guerra tan metódica como cruel, en lo mejor de Europa. Y a través del fragoroso polvo de esta guerra, tan largos años meditada y preparada, se me aparece más grande, mucho más grande la figura de nuestro Bolívar, como guerrero, como estadista, como creador de patrias, y sobre todo y ante todo como hombre.

Bolívar fue un maestro en el arte de la guerra y no un catedrático en la ciencia –si es que es tal– de la milicia; fue un guerrero más que un militar, como decía Ganivet que suele ser el español; fue teatral y enfático, tal como es naturalmente y sin afectación su raza, nuestra raza, pero no fue un pedante. Bolívar fue un hombre, todo un hombre; un hombre entero y verdadero, y ser todo un hombre es más, mucho más que ser Uebermensch –lo dejaré, para mayor oscuridad, en alemán–, una mera abstracción nietzscheana, de los que quieren y presumen, pero no logran. Bolívar era de la estirpe de Don Quijote, el de los bigotes grandes, negros y caídos.

…Y aquel maestro en el arte de la guerra y en el de hacer patrias, que no catedrático de la problemática ciencia militar, conocía a los hombres, que vale más que conocer soldados. Como que eran hombres, hombres de verdad y no máquinas, no números de regimiento, los que guiaba a la victoria o a la derrota.

Bolívar no era doctor –doctor en milicia–; Bolívar era un hombre que hacía la guerra para fundar la única paz duradera y valedera, la paz de la libertad.

Él hizo la guerra puede decirse que solo, sin Estado Mayor, a lo Don Quijote. La humanidad que le seguía –humanidad y no mero ejército– era su Sancho.

No, Bolívar no fue nunca pedante, nunca doctor, nunca catedrático. Fue teatral y enfático, cierto es, como Don Quijote, como su casta española, con teatralidad y énfasis perfectamente naturales y espontáneos. A un francés que me hablaba una vez del énfasis español hube de atajarle diciéndole: “En los espíritus de naturaleza enfática, el énfasis es natural ahora, siga usted”.

He sostenido en mi Vida de Don Quijote y Sancho que la raíz de la locura quijotesca hay que buscarla en aquel amor silencioso, avergonzado, tímido, que durante doce mortales años profesó Alonso Quijano a Aldonza Lorenzo, su convecina, sin osar en todo ese tiempo dirigirle la palabra. ¿No sería la raíz de la noble locura bolivaresca aquel terrible pesar que le causó la pérdida de su mujer, del grande y hondo amor de su vida? Solo un año vivió, como marido amante y enamorado, con su Teresa. En Bilbao, en mi Bilbao, no lejos, pues, del solar de los Bolívar, la cortejaba; en Madrid, a fines de 1801, se casó con ella. Un año después enviudaba. Y años más tarde, en plena acción militar y política, dijo a Perú de Lacroix: “Usted, pues, se casó a los cuarenta y cinco años. Yo no tenía diez y ocho cuando lo hice en Madrid, y enviudé en 1803 (el 22 de enero), no teniendo todavía diez y nueve años. Quise mucho a mi mujer y su muerte me hizo jurar no casarme. He cumplido mi palabra. Miren ustedes lo que son las cosas: si no hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo”.

El napoleonismo de Bolívar es evidente y en nada amengua su grandeza, más bien la engrandece más. Solo los grandes, los genios, los héroes, alcanzan a los grandes, los genios y los héroes.

Cierto fue fue menos egotista, más humano que Napoleón. Huyó de la tiranía. Y pudo escribir frases tan nobles sobre su renuncia al absolutismo.

“Legisladores: Al restituir al Congreso el poder supremo que depositó en mis manos, séame permitido felicitar al pueblo porque se ha librado de cuanto hay de más terrible en el mundo: de la guerra, con la victoria de Ayacucho y del despotismo con mi resignación. Proscribid para siempre, os ruego, tan tremenda autoridad; esta autoridad que fue el sepulcro de Roma”. Así dijo en el discurso que pronunció ante el Congreso de Lima, el 10 de febrero de 1825, aniversario del día en que se encargara de la dictadura. Palabras que deben meditar aquellos pueblos de charca que, como las ranas a Júpiter, piden rey, piden dictador, piden caciques, es decir, piden un supremo esclavo. El Libertador sabía que el supremo esclavo es el tirano, y no quiso esclavizarse a sus pueblos para mejor poder libertarlos.

El quijotesco amor a la gloria, la ambición, la verdadera ambición, no la codicia, no la vanidad del pedante, no el deseo de obtener pasajeros aplausos como un histrión, sino la alta ambición quijotesca de dejar fama perdurable y honrada, le movía. Lo reconocía él mismo. “Yo vivo de la estimación de los hombres”, escribía en 1829 a Sir Robert Wilson, apesadumbrado ante las calumnias y los ataques de que estaba siendo víctima, y según los cuales aspiraba a la tiranía. “Feliz el hombre de quien no pueden ser calumniadas sino las intenciones”, escribió a tal respecto César Cantú. Bolívar se preocupaba de lo que de él dijera la historia, como los héroes homéricos y como también los condenados dantescos.

En mi Vida de Don Quijote y Sancho, cap. XXII, he escrito: “Don Quijote castigaba, es cierto; pero castigaba como castigan Dios y la Naturaleza, inmediatamente, cual en naturalísima consecuencia del pecado”.

Así Bolívar. Fusiló a propios y a extraños, pero jamás con ensañamiento. Su justicia, como la de Don Quijote, era rápida y ejecutiva. Boves lo derrota en La Puerta, y hace una carnicería de las suyas: Bolívar fusila inmediatamente ochocientos prisioneros; Piar, su teniente, se insubordina, huye del ejército y trastorna el orden, en momentos angustiosos: Bolívar lo hace aprehender, juzgar y fusilar. Lo propio hizo con Berindoaga, ministro de guerra y traidor, en Perú. Lo mismo con Vanoni, el único de los realistas vencidos, a quien fusiló en el campo de Boyacá, en 1819, porque siendo oficial suyo lo había traicionado en 1812, haciéndole perder el castillo de Puerto Cabello. “La justicia sola es la que conserva la república”, decía.

Conviene leer, en la edición comentada que de las Cartas de Bolívar ha hecho Rufino Blanco Fombona, lo que dice este de la Guerra a Muerte decretada por Bolívar en 1813. No es la crueldad fría de los corazones felinamente tiernos, débiles; es el rugido de desesperación y dolor de los corazones generosos pero recios.

El mismo Blanco Fombona ha escrito que los reveses hacían temible a Bolívar, y que con el éxito se hacía magnánimo. Así es la verdad. Recuérdese aquella noble respuesta de Bolívar al general Salom que sitiaba El Callao, donde se defendía heroicamente el heroico general español Rodil, aquel mismo Rodil que fue luego, en España, presidente del Consejo de Ministros y uno de los pacificadores de las Vascongadas. Salom, desesperado con la resistencia, amenazaba, en carta a Bolívar, a los defensores del Callao. El Libertador le responde: “El heroísmo no es digno de castigo. ¡Cuánto aplaudiríamos a Rodil si fuera patriota! La generosidad sienta muy bien al vencedor, general”.

Apedreado y robado por Ginés de Pasamonte y demás galeotes a quienes libertara en Sierra Morena, Don Quijote, algo pesaroso, dijo: “el hacer bien a villanos es echar agua en el mar”. Algo semejante ocurrió a Bolívar y consideración semejante hizo. Insultado, calumniado, atropellado, proscrito por aquellos mismos pueblos que libertara, exclamó: “he arado en el mar”. Solo que uno y otro idealista, el manchego y el caraqueño, reinciden en su fe quijotesca a pesar de las tristes realidades.

De sus visiones proféticas, de lo que hizo por la apertura del Canal de Panamá, por el arbitraje internacional, por el derecho público americano; de lo que dijo sobre el porvenir de los pueblos del Nuevo Mundo y sobre su democracia, nada comentaré aquí. Eso pertenece a otro campo que al que aquí me he acotado.

Baste solo decir que algunos de aquellos pueblos que empezó a forjar Bolívar, algunas de aquellas patrias que surgieron al golpe de su espada y al conjuro de su voz inflamada aún andan buscando alma, aún buscan aquellos bienes que ni al precio de la independencia deben ser vendidos. Y para esos pueblos aprendices indóciles de libertad, aún las palabras del Libertador son una enseñanza, son palabras libertadoras. Y pueden serlo para nosotros, los españoles. Nuestros más generosos héroes de la libertad, los que lucharon por ella desde Cádiz y luego bajo el horrendo reinado del abyecto Fernando VII, aquellos héroes no superados por los liberales españoles de tiempos más próximos al nuestro, por liberales de engañifa, aquellos nobilísimos doceañistas y sus inmediatos sucesores convivieron con Bolívar y con él se hicieron. ¿No os parece el mismo Bolívar un héroe doceañista, el verdadero héroe del doceañismo? A él, al Libertador de la América española del Sur, debe mucho, muchísimo, el liberalismo español. Y no me cabe duda de que nuestros buenos liberales, los de los tiempos en que nacía la España nueva, que tanto tarda en levantarse de la cuna y dejar las mantillas, no me cabe duda de que aquellos españoles rendían culto, bien que secreto, al Libertador.

Mi intención ha sido mostrar, en rápida fulguración, con frases del mismo Bolívar, al Hombre español, al Quijote de la América hispana libertada, a uno de los más grandes héroes en que ha encarnado el alma inmortal de la Hispania máxima, miembro espiritual sin el que la humanidad quedaría incompleta.