11.05.2011
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Reedición de Obra poética fue presentada en la 7ma Feria Internacional del Libro de Venezuela 2011

Paola Yánez


En la séptima  edición de la Feria Internacional del Libro de Venezuela, Filven 2011, realizada en Caracas desde el 19 hasta el 27 de marzo en los espacios del Teatro Teresa Carreño y la Universidad Nacional Experimental de las Artes, Biblioteca Ayacucho el sello  editorial de los clásicos latinoamericanos  y caribeños,  ofreció un amplio y diverso programa que incluyó charlas, lanzamiento de novedades literarias, conversatorios, foros  y conferencias  en el marco de esta gran celebración del libro que organiza el Ministerio del Poder Popular para la Cultura  a través del Centro Nacional del Libro.

El día jueves 24 de marzo en la sala Miranda, Paola Yánez, Licenciada en Letras por la Universidad de los Andes, escritora y Coordinadora de Operaciones de Biblioteca Ayacucho, estuvo a cargo del discurso de presentación de la reedición  del título Obra poética, del bardo chileno Humberto Díaz Casanueva, uno de los representantes más notables  de la vanguardia artística de Chile que pertenece a la Colección Clásica, Nº 131. La acompañó Edgar Páez, director ejecutivo de esta editorial.

A continuación el discurso de presentación:


PRESENTACIÓN DEL VOL. 131 COL. CLÁSICA OBRA POÉTICA de HUMBERTO DÍAZ CASANUEVA


En el marco de la 7ma Feria Internacional del Libro de Venezuela, presentamos la reedición del volumen 131 de la Colección Clásica de la Fundación Biblioteca Ayacucho, la Obra poética de Humberto Díaz Casanueva. Esta es la antología más importante que se ha publicado del poeta chileno hasta la fecha, y digo la más importante, y añado, la más completa, pues reúne la mayor parte de la producción poética del autor. La selección comprende quince poemarios, cotejados con las primeras ediciones y acompañados por un valiosísimo estudio introductorio realizado por la profesora de la Universidad Simón Bolívar, Ana María del Re, autoridad venezolana en el tema de Díaz Casanueva, amiga personal del poeta, y a quien éste le confió algunas de las primeras ediciones de sus obras y una serie de manuscritos, material que fue de gran ayuda en la preparación del volumen que hoy nos ocupa, y que tendremos la oportunidad de revisar durante este breve acercamiento a quien es una de las más importantes figuras de la literatura chilena del siglo XX, junto con Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Rosamel del Valle.


Quiero empezar diciendo que encuentro cuatro factores supraestructurales y que transversalizan la obra de Díaz Casanueva: primero, su educación religiosa, recibida en la familia durante la infancia; segundo, su formación académica, en particular la adquirida durante sus estudios de doctorado en Alemania, básicamente preocupado por problemas ontológicos y semióticos; tercero, su experiencia cultural y social, adquirida durante sus viajes como diplomático; y por último, las influencias de intelectuales contemporáneos con quienes compartió en diversas etapas de su vida.


No me detendré en las apreciaciones críticas de sus poemas, trabajo desarrollado ampliamente por Ana María del Re en el prólogo de esta edición; por lo pronto, me dedicaré, lo mejor que pueda, a resumir los cuatro rasgos mencionados anteriormente, que conforman el perfil psicológico de Díaz Casanueva, fijando la mirada en el contexto de escritura, así como a recoger algunos datos que resultan interesantes para la interpretación de los poemas, tarea que encomendamos al público lector.


Díaz Casanueva nació el 8 de diciembre de 1906 en la ciudad de Santiago, siendo el mayor de siete hermanos de una familia de clase media, de quien recibe una férrea educación religiosa. La influencia religiosa en la vida y la obra de Díaz Casanueva se expresó de varias maneras según confesión del propio poeta, pues generó el sentimiento de culpa que padeció durante toda su vida e inspiró algunos de los títulos de sus obras y las nutrió de símbolos y metáforas.


Sus estudios comienzan en la escuela primaria, en 1912, y posteriormente, en el Liceo de Aplicación de Santiago, en 1914, del que fue expulsado en 1921 por fumar dentro de sus instalaciones. Según los usos de la época, al ser expulsado de un liceo, se le prohibía ingresar a otro; entonces, con quince años decide mudarse a Valparaíso con la idea de embarcase hacia Australia como ayudante de cocina en un buque. Su madre, Manuela Casanueva de Oviedo, lo disuade de esta idea, e ingresa con la ayuda de ella, a la Escuela Normal de Preceptores José Abelardo Núñez, “primera institución formadora de maestros habilitados para desempeñarse en la docencia primaria en Chile”. Dos años después se gradúa como maestro, siendo el más joven de Chile. Se traslada a un pueblo llamado Linderos para dar clases como maestro rural, allí funda una escuela nocturna para campesinos. En 1924 regresa a Santiago, para continuar sus estudios en la Facultad de Filosofía y Educación del Instituto Pedagógico. Asiste también al Instituto de Educación Física, pues le apasionaba la gimnasia, y por las noches emprende clases de francés. Durante esta época en el Instituto Pedagógico frecuenta los círculos literarios de la capital y conoce a Pablo Neruda, con quien colabora en la revista Caballo de Bastos, fundada por Neruda a mediados de 1925. Conoce también al poeta Rosamel del Valle, entablando una amistad que duraría toda la vida. Y a los poetas Vicente Huidobro y Pablo de Rokha.


Durante 1927 asiste a terapia de psicoanálisis con el Dr. Fernando Allende Navarro, primero en llevar este tipo de tratamiento a Chile, y cuyos métodos de libre asociación y simbología onírica influyeron en la composición poética de Díaz Casanueva. Trabajó como funcionario especialista en información para las Naciones Unidas y como director de la Revista del Ministerio de Educación, además participó activamente en la Asociación de Profesores en la reforma universitaria de su país. Transcurrían en aquella época los días de la dictadura de Carlos Ibáñez, y muchos profesores reformistas fueron perseguidos y llevados a la cárcel, entre ellos Díaz Casanueva, quien estuvo preso varios días, sospechoso de recibir literatura subversiva. Al salir de la cárcel, atraviesa la frontera hacia Buenos Aires, y se instala en Montevideo, donde prosigue sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras. Durante su estadía en Montevideo ejerce diversos oficios como “ayudante de zapatero y empleado de librería”, y finalmente gana un concurso para optar como profesor de Literatura Universal en el Instituto Normal de Señoritas. En 1931, tras la caída del dictador Ibáñez, regresa a Chile.


En 1932, gana una beca de estudios en Alemania, país donde fijó su residencia hasta el 37, año en el que recibe el título de Doctor en Filosofía. Durante su permanencia en Alemania, Díaz Casanueva fue testigo del ascenso de Hitler al poder, la quema pública de libros el 10 de mayo de 1933, en la plaza de la Ópera de Berlín, donde, según testimonio del poeta, esa noche fueron quemados en varias hogueras alrededor de 25 mil libros. Pero al mismo tiempo, durante esta época, tuvo la suerte de conocer a Husserl, fundador de la fenomenología, y Heidegger, quien fue su profesor en Friburgo y con quien siguió par de seminarios, uno dedicado a Hölderlin, poeta alemán que funde la tradición clásica con el nuevo romanticismo y otro dedicado a Nietzsche. Cabe destacar que en 1936 tuvo la oportunidad de trabajar directamente con Elizabeth Försrer, hermana de Nietzsche, en los archivos del filósofo en Weimar. Las ideas estéticas y filosóficas de ambos autores (me refiero a Hölderlin y Nietzsche) marcaron profundamente el pensamiento de Díaz Casanueva. Tras cinco años de estadía en Alemania, Díaz Casanueva se encontró en una pésima situación económica y en medio de las persecuciones encabezadas por el partido nazi; en este contexto, Mariano Picón Salas, “para entonces encargado de Negocios de Venezuela en Checoslovaquia”, de paso por Alemania, le ofrece ayuda y acojo en su casa en Praga. Finalmente, en 1938, regresa a Chile, instalándose en Valparaíso, ciudad donde dicta varios cursos en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile y funda el Instituto Chileno-Venezolano de Cultura, con la colaboración de Mariano Picón Salas, Héctor Cuenca y José Santos González Vera. A finales de ese año, Díaz Casanueva visita por primera vez Venezuela, invitado por Picón Salas, entonces ministro de Educación, para dictar un curso en el Instituto Pedagógico Nacional de Caracas.


Durante su estadía en nuestro país conoce, entre otros, a los escritores Vicente Gerbasi, Antonia Palacios, Juan Liscano, Arturo Uslar Pietri, María Teresa Castillo, Miguel Otero Silva y Andrés Eloy Blanco. En junio de 1940 regresa a Santiago y poco después es designado por el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, encargado de Negocios de su país en El Salvador, iniciándose de esta manera su larga trayectoria como diplomático, desempeñando los cargos de: secretario de la embajada de Chile en Ottawa (1942); consejero de la Embajada de Chile en Washington (1944); director de Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile (1945); consejero de la Embajada de Chile en Lima (1948); cónsul general de Chile en Génova y jefe responsable de todos los consulados de su país en Italia (1951); cónsul general de Chile en Ginebra (1953); subdirector de Política del Ministerio de Relaciones Exteriores (1956); ministro consejero de la Embajada de Chile en Roma (1958); embajador alterno de la Delegación de Chile ante la ONU (1961); presidente de la Comisión de Asuntos Sociales, Culturales y Humanitarios de la Asamblea General de la ONU (1963); embajador de Chile en Argelia (1965); embajador de Chile en Egipto (1967); embajador representante de Chile ante las Naciones Unidas, en 1970, año en el que además “la Comisión de Derechos Humanos lo designa miembro del Grupo de Expertos en Descolonización y Discriminación Racial en África del Sur”. El 11 de septiembre de 1973, día del golpe de estado y magnicidio en Chile, “presenta la renuncia a su cargo de embajador” de su país ante la ONU, cerrando el ciclo como diplomático. Entre 1973 y 1976 da clases de literatura latinoamericana en la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York y en Rutgers, Universidad Estatal de Nueva Jersey. En 1976 gana la Beca Guggenheim, permitiéndole dedicarse por completo a la escritura, aunque continuó como miembro del Grupo Ad Hoc de Expertos para el África Austral, tratando especialmente el tema del apartheid, actividad que desempeñó durante veinte años, hasta diciembre de 1990. En 1983, regresó definitivamente a Santiago, asistiendo a recitales y seminarios sobre literatura, tanto dentro como fuera de Chile; continuó escribiendo poesía y artículos para periódicos y revistas. Durante los últimos años de su vida estuvo aquejado por dolencias en la espalda, depresiones e insomnio; viajó por última vez a Venezuela en mayo de 1992 para asistir al evento “La poesía en el Centro”, y brindó además, una conferencia y un recital. “Es condecorado con la Orden Andrés Bello, Banda de Honor”, en su 1ra Clase. Humberto Díaz Casanueva muere el 22 de octubre de 1992 en su residencia en Santiago de Chile.


La obra poética de Díaz Casanueva se encuentra por decisión del poeta en la frontera entre el romanticismo y el simbolismo, dentro de estas dos grandes corrientes literarias del siglo XIX, y la efervescencia de los “ismos” del primer cuarto de siglo XX. Por lo que lo más aconsejable al momento de leer la obra de este poeta es detenerse en sus rasgos y tendencias dominantes. Es así como primero tenemos la conciencia lingüística del poeta, siendo clave la palabra, que va iluminando los espacios oscuros del pensamiento, des-cifrando al mismo tiempo la lengua misma. Y en este proceso de iluminarse a sí mismo a través de los giros y la riqueza de la lengua se hacen visibles las metáforas y los símbolos. La poesía de Díaz Casanueva tiene mucho de conciencia crítica de la escritura, todo lo contrario a la búsqueda de la poesía automática, pues el poeta ejerce un control sobre su proceso creativo.


Su primer poemario, El aventurero de Saba, aparece en 1926, con ilustraciones de Norah Borges, hermana del escritor Jorge Luis Borges, a quien Díaz Casanueva tuvo la oportunidad de conocer en 1928, durante su estadía en Buenos Aires a propósito de la Primera Convención Internacional del Magisterio. En este primer poemario se observa según la opinión de Ana María del Re, cierta influencia del surrealismo por un lado, y de la estética huidobriana por el otro. Saba fue un antiguo reino de Arabia, que la arqueología presume estaba localizada entre los territorios actuales de Etiopía y Yemen. Según el Antiguo Testamento, (1° Reyes 10:1-13,2º Crónicas 9:1-12) se hace referencia a la reina de la tierra de Saba cuando acude a Israel habiendo oído de la gran sabiduría del rey Salomón, llevando regalos de especias, oro y piedras preciosas. De lo que podemos inferir la relación que el autor establece con la figura femenina, la que ocupará lugar privilegiado y recurrente en su poesía, siendo siempre un símbolo benéfico, protector y redentor. De hecho, El aventurero de Saba está dedicado a un amor de juventud del poeta, y en éste son visibles las referencias a las primeras sensaciones amorosas.


Su segundo poemario, Vigilia por dentro, publicado en 1931, encierra muchas de las constantes temáticas en la vida del escritor: la soledad, la angustia derivada de la búsqueda del sentido de la existencia. Como indica el título de la obra, Vigilia por dentro está marcado por un profundo subjetivismo, prevaleciendo el símbolo. Algunos de los poemas de este libro fueron traducidos al italiano por G. Ungaretti.


Su tercer poemario, El blasfemo coronado, fue escrito en Caracas y publicado en Santiago, en 1940. Según el propio autor, el libro nace del encuentro con las selvas venezolanas, sus experiencias en la vida conyugal, el intercambio de ideas entre amigos poetas, y el reconocimiento de la realidad americana después de su larga estadía en Europa. En su escritura se impone el versículo como en el Eclesiastés bíblico. En una carta que escribe a su amiga Evelyne Minard dice: “Desde Vigilia, hay en mí siempre dos símbolos: lo incompleto del ser y la necesidad de que la poesía haga surgir posibilidades y limitaciones, y cierta presencia detrás de mí a la que por mucho tiempo di un carácter religioso”.


Su cuarto poemario, Réquiem, escrito durante la noche del día en que murió su madre, fue publicado en 1944. Como sabrán, el réquiem (en latín, “descanso”) o Misa de réquiem “es un servicio litúrgico de la Iglesia Católica” que tiene lugar justo antes del entierro, aunque también puede ser una misa en recordatorio del difunto. La Editorial Universitaria reedita el libro en 1973 y 1987 con un prólogo de Gabriela Mistral, que está reproducido en la edición de Biblioteca Ayacucho. En él, la poeta dice: [p. 117-118]Me digo y digo a mi gente que somos deudores a Díaz Casanueva, hombre austero y silencioso, de una gratitud viva. No quede el precioso y bello libro que se llama Réquiem arrinconado en la memoria de sus lectores escasísimos. Si leyeron y no se han dado cuenta cabal, vuelvan sobre él, y le darán la gratitud que se debe a unas páginas magistrales salidas de hombre nuestro”. Y más adelante “Al acabar de leer por quinta vez su Réquiem vuelvo a decirle: ¡Gracias!, y más: Dios lo guarde para el ámbito latinoamericano hacia el cual usted condujo a la muy noble criatura olvidada que era la tragedia antigua. Creyó usted no hacer más que cantar a su madre muerta; pero ocurre que ha escrito todo un consumado poema trágico. Ahora le pedimos que nos allane de más en más la ruta y queme nuestros miedos y nuestras timideces. Había en nuestra literatura latinoamericana un hondón extraño, una lamentable ausencia, la del asunto y tono trágicos. Esto nos creaba un vacío y denunciaba en nosotros cierta banalidad, pobreza e incapacidad para la zona enrarecida de un género que reclama la mayor excelencia espiritual. Usted ha llenado tal vacío. Deudores suyos somos”.


El quinto poemario, La estatua de sal, fue escrito en Washington en 1944 y publicado tres años después en Santiago. María del Re nos dice en su prólogo: [p. XLVI]Los cuatro extensos cantos que conforman el libro llevan el sello bíblico del “Génesis”, con un epígrafe tomado del siguiente versículo: ‘Salva tu ánima: no vuelvas la vista atrás’, referencia a la mujer de Lot, convertida en bloque de sal por haber transgredido el mandato divino”. Regresa en este poemario como en el anterior la soledad y la búsqueda ontológica. Después del epígrafe sigue un texto de Díaz Casanueva donde dice: [p. 131-132]El cantor trata de desasirse de sus muertos y comienza otra vez la danza mortal y la transfiguración de las estatuas. (…) El alma mira hacia atrás y queda inmóvil frente a las mareas destructoras: forma aparente sobre una sustancia condenada. (…)El cantor abomina de su sueño, acepta su expiación y elige su vida delante de su muerte. Aquí se cierra un ciclo de mi poesía y si vuelvo a cantar no olvidaré que el mundo es un coro. Ávido de creer y de obrar mi poesía ritual es la tentativa del retorno de esta Estatua de sal a la casa de los días”.


Su sexto poemario, La hija vertiginosa, inspirado en el baile de su hija Luz Maya ante el espejo cuando era una niña, fue escrito en Ginebra y publicado en Santiago en 1954. Este poemario está orbitado por algunas de las ideas planteadas en la introducción a La estatua de sal donde expresa: “La muerte blanca está sentada al fin de la jornada comulgando en nuestro origen. Esta doble-muerte o muerte-vida es una manera de ser encubierta por nuestra vida cotidiana y que bajo la influencia de épocas turbadas, sale como busto. Crece nuestra soledad bajo el almendro como la imagen mítica de una polaridad terrible. ¿Podrá el cantor tornar el instinto de la muerte en energía vital? ¡Él debiera! ¡Él debiera!”. La doble muerte o la muerte-vida como propuesta filosófica comprende una reflexión ontológica, dirigida hacia un primer plano, donde el ser es definido por su transitoriedad, y un segundo plano, que transversaliza y pone en contexto, definiendo la variabilidad del ser. Nos encontramos en este caso con la propuesta lírica de Díaz Casanueva que formula una concepción de la realidad donde el poeta asume la redención de un sujeto encadenado, por un lado, trágicamente al misterio de su finitud, y por el otro, al encubrimiento fantástico de la vida cotidiana.


Su séptimo libro, Los penitenciales, de 1960, se abre con un epígrafe sustraído de las Iluminaciones de Rimbaud que dice: “Pero, ¿qué es mi nada frente al estupor que os espera?”. Es una especie de coloquio del poeta en la conciencia de sus límites, que ansía la ampliación del horizonte de su mirada interior. Expone la urgente necesidad expresada en sus dos libros anteriores, de que el poeta es quien debe, el cantor es quien debiera hacer de la condición de mortales la razón que impulse la energía vital.


Su octavo libro, El sol ciego, de 1966, constituye una elegía en memoria de su amigo Rosamel del Valle, en el que se repiten los temas principales ya descritos en sus libros anteriores, alternando con alusiones a las experiencias vividas por los dos poetas y descripciones de la personalidad de Del Valle.


En 1970 publica su noveno poemario, Sol de lenguas, escrito totalmente en el corazón del Sahara. Ana María del Re cita la siguiente frase de Díaz Casanueva: “Fueron días en que experimentaba una verdadera lógica demente; me veía descuartizado en un pozo de dolor, con una ansiosa noción de mí mismo, casi sagrada”. Hay un tono ensimismado en este poemario, con imágenes violentas, ensoñaciones y alucinaciones. En este también se hacen presentes los temas recurrentes en sus poemarios anteriores.


Su décimo libro, publicado en 1980, se titula El hierro y el hilo, lo dedica a su hijo Leonardo, fallecido dos años antes en París a causa de un tumor cerebral. Es un libro de la angustia, del desengaño, de la rabia. También influido por la tragedia de la dictadura pinochetista en Chile. Encierra la idea de la culpa, de la concepción trágica de la vida marcada por “el delito de haber nacido”.


En 1981 aparece su décimo primer libro, Los veredictos. Los versos de este poemario se asemejan a los de Sol de lenguas. Podría hablarse del cierre de un ciclo en el que están incluidos sus antiguos poemas. Al final de Los veredictos dice: “SIENTO UNA LUZ PENSANTE QUE SE / FILTRA / EN LA MUERTE”. Demasiado literal como para decir que se trata de una luz al final del túnel, pero viéndolo en el contexto de su producción poética, aparece probablemente como una tregua que tiende el poeta hacia la conciencia de su mortalidad y los misterios que esconde la existencia.


El pájaro Dunga, publicado en 1982, es un poemario con un tono y un tema totalmente diferentes a los poemarios anteriores. Según nos cuenta Ana María del Re en el prólogo: [p. LXII-LXIII] “el libro tuvo su origen en la experiencia de una noche africana, como cuenta el propio poeta. Éste se encontraba entonces en una cabaña, en un pueblo de escultores de Tanzania, cuando ve una gran serpiente deslizándose dentro del recinto. Súbitamente, por la ventana, entra un gran pájaro que se lleva a la serpiente, como en el cumplimiento de un misterio. Al día siguiente, el poeta relata lo acaecido. Los africanos saltan jubilosos y le obsequian una escultura tallada por ellos mismos: ‘el Pájaro Dunga’, que representa a un hombre asustado y encogido; detrás está un gran pájaro, tal vez benéfico o maléfico”. Este poemario patentiza la calma presagiada en Los veredictos. El sujeto es un pájaro-hombre, es un sujeto transfigurado: semibestia, semihumano, lleno de símbolos que indican la superación de las limitaciones humanas para acceder a otros espacios, y otras esencias.


En 1982 publica El traspaso de la antorcha, dedicado a su hijo Álvaro. Es un poema brevísimo, cuyo contenido se asemeja al de una carta escrita por un padre a su hijo, con un tono por lo tanto muy familiar, muy personal.


Su décimo cuarto libro, La aparición, publicado en 1984, cuenta con cuatro cantos y se abre con un epígrafe tomado de la Divina Comedia, específicamente del canto XXXI del “Purgatorio”. Como dice uno de sus versos, el sujeto de este poema “está lleno de una oscura certidumbre”, quizá como Dante, el sujeto de este poema se sumerge en el Leteo, el río del olvido.


El décimo quinto poemario que nos ofrece esta edición de Biblioteca Ayacucho es Vox Tatuada, publicado en 1991. En él el poeta continúa la travesía comenzada en La aparición, contruyendo una síntesis de su búsqueda espiritual.


Una exégesis de la obra de Díaz Casanueva, como lo posibilita la edición que hoy presentamos, vería la construcción progresiva de un discurso lírico que encierra la propuesta filosófica del autor. En este sentido, el volumen, a diferencia de lo que podría esperarse de otras antologías poéticas, no constituye un tratado de estética, pues la intencionalidad de su autor no era la creación de una poética, sino el desarrollo de sus preocupaciones ontológicas. Esto lo conduce a buscar formas expresivas donde las palabras echen a un lado la camisa de fuerza que impone la sintaxis del ensayo filosófico, encontrando en la poesía la palabra al descubierto. La palabra que des-cifra y muestra las esencias del individuo.


No me queda por ahora más nada que invitarles a que lean el libro y disfruten de este autor.

 
 
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