06.08.2012
Autor:

 

Ética de lo profano
Sobre Dios perecedero o el aterrador descenso de la curva.

Jesús F. Baceta V.

 

Resumen

 

Se recrea la atmosfera de Ruanda en el fatídico año de 1994; se hace a partir de 60 testimonios de algunos de los supervivientes al genocidio. Se cuestiona, de acuerdo al dicho de T. Adorno, la posibilidad de la poesía después de los genocidios. Se censura la cobardía y la pobre actitud de las NU y, por último, se da un sentido claro, desde nuestra perspectiva, sobre lo que hemos de entender como palabras sagradas.

 

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Ética de lo profano

Sobre Dios perecedero o el aterrador descenso de la curva.

 

Tratamos de profanar la ética. No hay dudas. Hablamos aquí sobre una certeza; lo haremos con el más profundo respeto y la más honda indignación y pena.

El hecho:

Evolución demográfica de Ruanda. El aterrador descenso de la curva.

 

No voy a hablar sobre las causas de ese descenso, ni sobre las circunstancias históricas, económicas, culturales y sociales que lo produjeron. Voy a participar directamente del dolor y la violencia. Trataré con los testimonios de los sobrevivientes ruandeses y sobre sus más emotivas palabras. Me imbuiré en el dolor de mis iguales y procuraré sufrir tanto como ellos. Quizá este sea el ejercicio más delicado de ontología que he practicado.

¿Cómo he de hacer lo que prometo? Recrearé la atmosfera de Ruanda en el fatídico año de 1994; lo haré a partir de 60 testimonios de algunos de los supervivientes al genocidio. Los testimonios están en la página Web de las Naciones Unidas y, como el dolor, son de dominio público.

Dijo Hannah Arendt: “Sólo la imaginación nos permite ver las cosas con su verdadero aspecto, poner aquello que está demasiado cerca de una determinada distancia de tal forma que podamos verlo y comprenderlo sin parcialidad ni prejuicio, colmar el abismo que nos separa de aquello que está demasiado lejos y verlo como si nos fuera familiar. Esta ‘distanciación’ de algunas cosas y este tender puentes hacia otras, forma parte del diálogo establecido por la compresión con ellas; la sola experiencia instaura un contacto demasiado estrecho y el puro conocimiento erige barreras artificiales” (“Understanding and Politics”, Partisan Review, XX, IV, 1953).

 

Fatalario

Dolor pretérito

 

“Tenía una hermana y dos hermanos”. “Vi morir a mi padre. Vi que violaban a mi madre; también la vi morir”. “Perdí a mi madre, padre, hermanos y hermanas, y más de 30 familiares”. “Mi padre fue asesinado; mi madre quedó inválida”. “Delante de mis ojos mis padres y los demás miembros de mi familia fueron asesinados.”. “Ocho éramos los niños y, aparte del resto de mi familia, solo quedé yo”. “Mi madre y mi abuela salieron de casa a buscar comida. Mi hermana y yo nos quedamos solas. Jamás las volvimos a ver”. “Tenía diecisiete años. Tuve padres, hermanos y hermanas”. “Tuve un momento muy difícil. Vi morir a mi familia. Yo era un niño cuando muchos de mis mayores murieron”. “Todos mis familiares, a excepción de una de mis hermanas, fueron asesinados”. “Mi marido murió en Gitega donde vivíamos. Fue asesinado por un retén cuando huíamos de la masacre”. “Había ocho niños en mi familia; dos de ellos y mi madre fueron asesinados, el 22 de abril”. “Mi padre murió en los asesinatos de 1994 y, 2 años más tarde, mi madre murió a consecuencia de ellos”. “Los asesinos llegaron y primero mataron a mis padres y a un tío. Tenía sólo seis años de edad. Me escondí. Oí gritar a mis padres cuando los tajaban con machetes y azadas. Luego mataron al resto”. “Mi padre, tres hermanos, dos primos y un tío murieron en ese momento. Los niños y sus madres yacían en el suelo para protegerse de las explosiones de las granadas, pero los machetes en las manos de los que atacan juntos se encargaron de matarlos”. “Mi madre fue asesinada; moría con una herida de machete en la cabeza. Con ella, también murió el bebé que llevaba en su espalda”. “Encontraron a mi padre en su escondite y lo mataron”. “Tenía cinco hermanos mayores. Estaban en Kigali cuando empezó la guerra; ahí todos murieron”. “A dos de nuestros vecinos, cuyas esposas eran tutsis, los mataron con ellas y con sus hijos”. “Perdí a mis padres y a la mayoría de mis hermanos”. “Abrieron fuego contra la muchedumbre de hombres y niños. Mataron a cada uno de ellos”. “Mi abuelo se unió a nosotros en Kabyayi. Llegó en un terrible estado, con la cabeza y la cara cubierta de sangre. Tenía lesiones graves en la cabeza y parte de su cerebro se veía fuera de su cráneo. Murió tres días más tarde, una muerte lenta y dolorosa. Yo estaba con él”. “Pasé al lado de muchos cadáveres sembrados a lo largo de la carretera”. “Los asesinos, en primer lugar, seleccionaron a las mujeres mayores, las violaron y las mataron”. “Mi hermano y su padre estaban entre los que perdieron la vida”. “Cuando finalmente regresé a la escuela, todo estaba cubierto de cadáveres; cadáveres de la masacre de la noche anterior, incluidos los miembros de mi familia”. “Mientras los veía, asesinaron a todos los miembros de mi familia”. “Mataron a mi hermano con su esposa y los colgaron boca abajo en un árbol. Los asesinos luego nos llevaron a un hoyo profundo y nos tiraron en él, después de tajarnos con machetes. Nadie quedó de los miembros de mi familia; solo yo”. “De nuestra familia de 8 hijos, sólo 4 sobrevivieron. Mi padre y mi madre también fueron asesinados”. “Centenares de asesinos nos rodearon armados con machetes, pistolas y palos. Tajaron a todos los hombres hasta que murieron”. A mi hermano lo quemaron vivo, al extremo de que no pudimos identificarlo. Enterramos sus cenizas”. “Mis padres, tres hermanas y dos hermanos murieron en Gitarama el 14 de abril”.

“Estoy entre los muchos muertos y, sin embargo, no estoy enterrado”.

No sigo. Por cada testigo estimo un tímido promedio de 3 familiares asesinados. Así excluyo a las muchas personas que podían conocerse entre sí. 180 personas, al menos, por cada 60 testigos. 60 que no se conocían entre sí. La población promedio de Ruanda era de 5.000.000 de personas. En cien días, un promedio de 900.000 personas asesinadas. Las cifras más optimistas de las Naciones Unidas totalizan el horror en 800.000 personas asesinadas. Las consistentes declaraciones dan fe de ello. Así es la cruel aritmética de Dios.

Creo que los niños, con el dolor presente, no mienten. En 1994 de las sesenta personas que nos regalan su intimidad, 12 tenían 10 o menos años; 27 entre 11 y 19 años; 3 entre 22 y 26; y un testigo de 46 años. En 18 declaraciones no se puede calcular con certeza la edad de quien habla al momento del genocidio, pero todos declaran, sí todos, que eran los menores de varios hermanos. Por eso sobrevivieron, porque eran nimios, flexibles, invisibles en la sangre de otros. A excepción del último y milagroso caso, todos eran niños, todos eran inocentes.

Fragmentos de dolor:

“A todos se les dio una azada para que cavaran su propia tumba. Empezaron a matar a los adultos, todos en la fosa que habían cavado para sí mismos. Había una chica joven entre las víctimas. Ella les pidió que le permitieran orar. La tajaron con un machete. No puedo olvidar esa horrible escena”.

“El jefe de los que atacan juntos seleccionaba quiénes iban a morir y a cuáles mujeres y niñas para violar. Nunca olvidaré el dolor y el temor en el rostro de aquellas niñas. No había quien las salvara. Lloraban y gritaban hasta el último aliento. Era una muerte prolongada y dolorosa. Los más afortunados morían de un disparo, fui testigo de la matanza de miles de personas”.

“Cuando me tocó, me dijeron que yo era demasiado joven para ser capaz de cavar mi propia tumba. Me golpearon dos veces con un machete; para protegerme, puse mis brazos sobre mi cabeza. Mis manos fueron cortadas, pero esto, probablemente, salvó mi vida”.

Me lanzaron en la fosa; me encontraba bañada en mi sangre y en la de otros. Perdí los sentidos. Apenas volví en mí, vi a mi alrededor. Los muertos estaban empapados en agua, sangre y lodo. Miré aquella masa inerte; vi al cielo con la inexpresiva fijeza de la locura y levanté un alarido tremendo, un grito de horror, formado por todos los aullidos de la desesperación.

Mis pequeños ojos, enterrados en gruesos párpados, veían con desesperada incredibilidad la honda soledad y olvido que rodea a los cuerpos apilados en la fosa. “Vi a una mujer con las piernas cortadas, aún con vida”. Mis narices, desmedidamente salientes y gruesas, ante el olor necesitaban todo el extremado anchor de la cara para fruncirse, lo cual agravaba mi expresión. Con horror, sin manos, desesperada, agitada y sin aliento, con temblor en los músculos y palpitaciones del corazón, trepé por sobre los cuerpos y salí de la fosa.

Mis nervios saltaron, mis dientes chocaron y, aunque me agité con un temblor imposible de reprimir y el frío penetró hasta en la médula de mis huesos, sentada, oré por mí y por las chicas; encomendé mi alma a Dios. Caí.

Me encontró una mujer alta, joven aún, agobiada por el peso del dolor que inclina el cuerpo a la tierra, como buscando en ella el consuelo y la paz. Me vio y me abrazó; sus grandes ojos, enterrados en hondas cuencas, tenían una expresión sombría, a la par que atónita.

Con lo que creí mis manos, levanté su rostro y ella, como dubitativa, dejó ver unos ojos rojos en los que ya no había lágrimas; un rostro marchito en que se veía, por decirlo así, incrustada una conmovedora expresión de dolor eterno. Me vio y dijo “hija”. No recuerdo más.

 

Escenario

 

Ruanda: el amarillo del sol, el azul del cielo y el lago, y el verde de la vegetación.

Recuerdo el olor a pantano la noche en que me moví huyendo de los que pelean juntos. Tenía que huir de los que juntos atacan; andaban a mi caza y mi única probabilidad de sobrevivir era esconderme en lo más denso de la selva. Lo que más me torturaba era el olor. “Huele a guerra”, “huele a sangre”, “huele a fermento”, “huele a podrido”. Muchos insectos. Un sonido inesperado me hizo agachar y quedarme inmóvil, temblando. Esperé, tapada por las ramas de un arbusto, la noche y la lluvia con sus espasmos de luz. A lo lejos debían estar ardiendo las frágiles casas; sus paredes de barro; sus delgados techos metálicos; todas sencillas, improvisadas; incendiadas, saqueadas y destruidas. Un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. Venteaba. Se movía la maleza, el pasto de porte alto, los campos de sorgo, los árboles frondosos, el platanar. El sonido no se repitió. Me enderecé despacio; seguí mi camino. Un camino de tierra rojiza, gramilla, humedad; de lodo, mucho lodo. En una fosa un insoportable aroma, el aroma de la muerte. Cuerpos putrefactos; negra, violácea y purpúrea necrosis. Ese olor, tiene color. Rojo pardo, rojo sucio, rojo verde, rojo oscuro, rojo negro, rojo corrupto, rojo carroñoso, rojo basura, rojo fétido, rojo mugre, rojo sinuoso, rojo disimulado, ¡ahí!, en mi pecho, subiendo por la garganta, saltando por encima de la boca, metiéndose por las alas de la nariz, revolcándose con el moco, llenándome toda. ¡Ese olor, eso olor muerto! ¡Ese olor de muerte! ¡Ese olor putrefacto, que me carcome! Ese olor vivo de la muerte. 1

Rojizos son los atardeceres; ardientes los amaneceres. Colinas, hay muchas colinas. La ciénaga cansa, pero no puedo evitarla. Pasé dos semanas viviendo en el bosque, sin comer más que barro.

Algunos testigos se refieren al ambiente sólo cuando sirve de refugio; del resto lo suponen caótico, tenso, húmedo por sangriento. En un descomunal infierno de hombres, el ambiente es el amparo.

 

Marcadas para morir:

 

“Fui violada infinidad de veces”. “Fui golpeada y acuchillada con machetes”. “Tenía 15 años. Mi vida fue perdonada por los asesinos, pero no escapé a la violación”. “Mi hermana mayor y yo fuimos violadas, tanto que contrajimos SIDA”. “Fui violada antes de ser lanzada en la fosa. Fui violada tan vergonzosa y dolorosamente que quería morir. Yo sólo tenía 25 años y pensé que mi vida no tenía más valor. Me estremezco mucho cuando me acuerdo”. “Los milicianos descubrieron nuestro escondite. Estaban armados con machetes y lanzas. No me mataron, pero me violaron. No sé cuántos eran, tal vez tres. No sé si mi madre también fue violada, ya que me desmayé. Tenía sólo cinco años de edad”. “Fui víctima de violación y de palizas constantes”. “Mi hermana y yo acompañamos a su familia a los campos de refugiados en Zaire, donde, de nuevo, fuimos objeto de reiteradas violaciones. Mi hermana quedó embarazada”. “Se concentraron en las mujeres educadas e inteligentes. Cualquiera podía ser elegida en cualquier momento, y los que nunca estaban solos las violaron tantas veces como quisieron”. “Para ellos, cada violación los reafirmaba como hombres”. “A mi hermana le dieron un medicamento, había cogido la sífilis”. “A mi madre y mi abuela las violaron las pandillas. Mi madre y mi abuela resultaron ser VIH positivos”. “A la edad de tan sólo diez años, me escondí en los campos cerca de mi casa en Butare. Un hombre adulto me encontró y me violó”. “Los asesinos se burlaron de nosotras diciendo: Ah, son las propias niñas. Vamos a liberarlas”. “Como yo era todavía una niña, la violación fue mi primera relación sexual. Era demasiado doloroso y fue muy difícil para mí. Grité mucho, pero a los violadores no les importaba. Antes de violarme, me golpearon. Ellos estaban ofendidos porque yo había rechazado su oferta de dormir con ellos. Posteriormente, tenía dificultad para ponerme de pie y no podía siquiera caminar”. “Matar y violar era la rutina diaria”. “Yo era una víctima frecuente de la violación. Tanto es así, que no podría decir cuántos hombres me violaron. Algunos de ellos procedían de pueblos cercanos, pero muchos otros eran desconocidos para mí. De vuelta en el bosque, no tuve más remedio que ir con un desconocido que también me hizo su "esposa"”.

“Sólo tengo un hijo. Él es un recordatorio permanente del genocidio de 1994.” “Al final del genocidio, regresé a Ruanda, el país de las mujeres embarazadas tras las violaciones”.

Cuenta un artículo de Amnistía internacional que las guerras y los conflictos armados generan una serie de condiciones que fomentan la propagación del VIH. El hacinamiento, la violencia, las violaciones, la desesperación y la necesidad de venderse o entregarse sexualmente para sobrevivir contribuyeron a producir un enorme aumento en la infección. Dice el artículo: “La violencia sexual contra las mujeres y las niñas fue parte central de la estrategia genocida. En 1996, el relator especial de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU calculó que durante el genocidio se habían cometido entre 250.000 y 500.000 violaciones. Muchas de las víctimas fueron violadas en las barricadas levantadas por las milicias de jóvenes interahamwe o fueron retenidas como prisioneras sexuales a cambio de protección temporal contra el ejército y las mencionadas milicias. El Ejército Patriótico Ruandés también cometió abusos sexuales y otros actos de violencia durante su avance militar –a veces como represalia contra la población hutu– así como en los meses y años posteriores al genocidio. Miembros de las Fuerzas de Defensa de Ruanda (el actual ejército ruandés), las fuerzas de seguridad y las milicias no remuneradas siguen perpetrando actos de violencia sexual y forzando a mujeres al matrimonio. La inmensa mayoría de los delitos de violencia sexual han quedado impunes”.

 

Violación

 

No tengo imaginación. He aquí algunas narraciones.

«Durante el genocidio, los soldados de la milicia que estaban en las barricadas dijeron que me protegerían, pero en lugar de hacerlo me impidieron marchar y me violaron en sus casas. Uno de ellos me tenía durante dos o tres días, y luego me elegía otro. Si los asesinos se presentaban en su casa, el soldado decía que yo era su hermana. Tuve que quedarme con ellos porque, si no, me habrían matado. Las condiciones eran propicias para la transmisión del VIH. Conseguí huir de Kigali, y cuando volví me enteré de que habían matado a mi esposo. Mi esposo era hutu, y me había conseguido un documento de identidad hutu porque pensaba que me protegería. Por culpa de este documento, me denegaron la ayuda para mis hijos de una organización que auxilia a los sobrevivientes del genocidio; también me negaron la del fondo estatal para sobrevivientes del genocidio.»

«De una alcantarilla, mi amiga salió corriendo a buscar comida. Los soldados la agarraron y le dispararon. Cuando vi que ocurría esto, grité: "mátenme a mí también”. No quería más que estar muerta. Quería que los soldados me dieran un tiro de una vez por todas, en vez de la muerte lenta y dolorosa que propicia el corte de los machetes. Uno de ellos tenía una pistola en mi cabeza; no disparó. En cambio, me violaron, me golpearon, me quitaron toda la ropa y me tiraron en una fosa común. Mi cuerpo estaba cubierto con la sangre de los cuerpos en la tumba. Muchas de las personas todavía estaban vivas - vi a una mujer con las piernas cortadas, aún con vida. Un hombre se acercó a la tumba; él me sacó. Apenas me tomé un aire, me violó. Me dio comida y agua; solo la suficiente para poder seguir violándome. Dijo él: "No importa, de todos modos vas a morir"».

«En 1998, yo iba hacia el internado, en Gisenyi. Justo antes de llegar a la ciudad caímos en una emboscada de los que nunca están solos. El carro dio una vuelta de campana y, mientras los pasajeros huían del vehículo, los que jamás están solos los mataban a machetazos. Traté de esconderme bajo los cadáveres, pero oí decir a los rebeldes que iban por gasolina para quemar los cuerpos. Grité y me acuchillaron; me llevaron al bosque. Allí había otras mujeres y niñas de distintos puntos del país que habían sido secuestradas en circunstancias similares. Los que no van solos venían todas las noches a violarme, hasta que una noche uno de ellos anunció que yo era suya, que él era mi “esposo”. Yo sólo pensaba en escapar para reunirme con mi familia. Teníamos que huir constantemente, porque el ejército ruandés iba tras ellos. Durante una gran ofensiva de los soldados del gobierno en el bosque de Gishwati, conseguí huir cuando todos se dispersaron y volví a casa. Unos años después, un soldado del Frente Patriótico Ruandés vino a mi casa y quiso tener relaciones sexuales conmigo. Traté de convencerle de que era seropositiva y de que no podía tener relaciones sexuales. Fue otra violación. Como era un soldado, me sentí incapaz de gritar. Quería casarse conmigo y, como era un soldado, pensé que no tenía otra opción. Le obligué a hacerse la prueba el día después de la violación y resultó que ya era seropositivo. Me casé con él contra mi voluntad. Mis sueños se han hecho añicos. He terminado mis estudios. Me amarga pensar que mi familia había puesto todas sus esperanzas en mí; se sacrificaron para que yo recibiera una educación, pero temo que no tardaré en morir y que mis familiares no sacarán ningún provecho de su sacrificio».

«Mi esposo fue encarcelado una semana después de la guerra, aunque nadie lo había acusado de nada. Sospecho que el que me contagió fue mi cuñado. Cuando encarcelaron a mi esposo, su hermano empezó a rondarme y a insistir en que tenía que tener relaciones sexuales con él para demostrar que seguía formando parte de la familia. Al final tuve que ceder. Yo estaba preocupada por estas relaciones extramatrimoniales y por lo que pasaría cuando mi esposo saliera de la cárcel. Me echarían de casa y la nueva esposa maltrataría a mis hijos. Me negué a guardar silencio y contagiarlo. Todo esto ocurrió por culpa de la guerra. Mi esposo era mi confidente; de no ser por la guerra, él no habría ido a la cárcel, y yo no me habría infectado.»

«Me temo que después de las violaciones podría haber sido infectada; pero mis condiciones emocional y financiera me disuaden de descubrir mi estado. No puedo pagar el costo de las pruebas. He oído decir que para estar seguro se ha de hacer la prueba dos veces. Yo soy una huérfana viviendo con un pariente lejano que también es pobre. Si yo fuera de resultar positivo, no me podía permitir pagar los medicamentos, por lo que no hay necesidad de saber si lo soy».

 

Tormento

 

«Me di cuenta de que estaba embarazada. Yo no quería al niño. Yo no sabía qué hacer. Traté de conseguir un aborto, pero no tuve éxito».

«Fui rescatada en julio de 1994. Me llevaron a un orfanato, donde me quedé hasta que dí a luz. Me pidieron que me fuera y que llevara al niño a su padre. Sólo tenía 15 años de edad. “¿A su padre? ¡No sé quién es!” En cambio fui a casa de mi primo, pero él me botó diciendo que no podía cuidar de un hijo de aquellos que nunca van solos. El niño se convirtió en una carga que no sabía cómo soportar. No tenía ningún afecto por él».

«No tenía amor para dar a mi hijo; él era un recordatorio del mal de lo que me sucedió durante el genocidio. Desde que empecé a asistir a las reuniones de esta organización, he aprendido a dejar de insultarlo. Antes, yo lo odiaba tanto. Cuando hacia algo mal, solía recordarle que era hijo de su padre. Ahora estoy aprendiendo a amarlo. También sé lo que significa estar solo y aislado. Por eso trato de compensar todo el tiempo que lo he maltratado. Él ahora tiene 9 años de edad y me ayuda cuando no estoy bien. Soy VIH positivo y él es el único que se ocupa de mí. A veces me preocupa que, cuando yo muera, la gente le cierre las puertas tal como yo alguna vez lo hiciere».

“Hasta en los ojos de las Furias aparece una rara humedad de lágrimas”. Ovidio.

Es muy doloroso, por contradictorio, el amor que proviene del más encarnado odio. Muchas mujeres abandonaron a los hijos que engendraron con el odio. Por eso, muchos niños vagan por la ciudad, solos, hambrientos, desamparados. Sus madres viven atormentadas. Cualquiera de ellos puede ser uno de sus hijos.

Cuenta Joseph, miembro de una organización que ayuda a los niños en las calles ruandeses:

«Algunos niños de la calle son huérfanos desde 1994. Las Fuerzas de Defensa Local les dicen a estos niños que si tienen relaciones sexuales con ellos, los protegerán. Nos llegan noticias de numerosos casos de violaciones de niñas. Al sexo a cambio de protección lo llaman umuswati, que en el argot kinyarwanda significa “órgano genital femenino”.»

 

Discriminación:

 

Según el budismo hay tres pecados capitales: la pasión, representada por el gallo; la estupidez, encarnada por el cerdo y el odio, personificado por la serpiente.

«Cuando comenzó el genocidio, tenía 13 años. Toda la familia se vio obligada a huir a Gikongoro, de nuestra casa. Desde Kansi a Kibinza; desde Sahera a Tumba; vivíamos constantemente huyendo. Pero la muerte nos alcanzó. Nos interceptó un autobús lleno de soldados. Pidieron ver nuestras tarjetas de identidad y dictaminaron "Son serpientes de Gikongoro”. Nos obligaron a acostarnos. Lo hicimos sin demora. Fue entonces cuando comenzó el ataque; vi caer una lluvia de hachas, machetes, picos y palos. Vi cómo se abrió la cabeza de uno de mis hermanos. La cabeza de mi padre fue golpeada con el filo de los machetes y con brutales palos».

¿Saben lo que diferencia físicamente a los tutsi y a los hutus, moderados o no? Nada. Absolutamente, nada. Por eso sus vidas dependen de una tarjeta de identificación.

 

Incomprensión

 

“Tengo un profundo dolor en mi corazón que no puedo explicar”. “No comprendía muy bien las implicaciones de ser un tutsi”. “Durante el genocidio aprendí lo que significaba ser un tutsi”. “Me golpearon en la cabeza, pero nunca pude entender qué arma se utilizó. Aún recuerdo el insoportable dolor”. “Una de las cosas que no puedo explicar es que no podía hablar. Parecía que mi lengua estaba encadenada a mi boca. Tal vez fue a causa de las heridas”. “Todavía no sé por qué o cómo sobreviví”. “No entiendo lo que pasó con mi otro hermano, porque murió sin herida alguna”. “Cada vez que alguien me hacía una pregunta, sólo podía responder con lágrimas. A veces me siento y lloro. Lloro sin razón alguna”.

¿Llora sin razón alguna?

Las personas con afasia sensorial pierden la capacidad de reconocer el significado de los símbolos y, en consecuencia, alteran su forma de hablar. Pueden escuchar todos los sonidos, pero son incapaces de comprenderlos. Algo muy similar ocurre con las víctimas del genocidio; en ellos opera algo que, sin duda alguna, he de llamar afasia social. Probablemente, tanto dolor, también cause daño cortical.

 

Justicia:

 

“La mayoría de las personas que mataron a mi familia huyeron al Congo, pero el hombre que mató a mi padre, conocido como Concordia, sigue viviendo en la comunidad. Confesó ante los tribunales matar a mi padre. Él todavía tiene una vida y una familia. Ellos siguen viviendo del legado del genocidio. ¿Eso es justo para mi familia?”. “Sé de tres de los cuatro asesinos feroces de mi familia. Ellos, junto con muchos otros, nunca han sido llevados a juicio”. “Escuchamos que los hombres que nos violaron habían muerto de SIDA. Todas fuimos a hacernos las pruebas. Nos encontramos con que todas somos VIH positivo”. “Los asesinos tienen familia y hogares a donde ir. Los sobrevivientes no tienen a dónde regresar. Sin justicia, nada podrá cicatrizar las heridas de los sobrevivientes”. “El asesino está en el exilio, en la República Democrática del Congo. Nunca ha sido llevado ante la justicia”. “No reconozco a ninguno de los hombres que me violaron, así que no puedo acusarlos ante la justicia”. “Cuando mi única hermana regresó a su casa después del genocidio, la atacaron otra vez, con un machete, los asesinos de nuestra familia, porque temían que los denunciara a las autoridades. Estuvo en coma durante meses y solo después, poco a poco, se fue recuperando. Ahora no oye; vive con constantes dolores de cabeza y tiene problemas mentales”.

La justicia es lenta; es la justicia de Dios que siempre tarda en llegar y que llega aunque no nos demos cuenta. ¡Por Dios!

 

Incertidumbre

 

“En el camino pudimos ver a la gente afilando sus machetes. La radio nacional de radiodifusión transmitía música religiosa, mientras llamaba a la gente a despertar ya que el enemigo estaba muy cerca de ellos”.

La ambigüedad nos hace interpretar de varios modos la información. Cuando esto es así, se causan dudas y confusiones. ¿Quién era el enemigo? ¿Quién debía despertar? ¿Se estaba advirtiendo o, por el contrario, incitando?

 

La banalidad del bien

 

“Afortunadamente, mis hermanos sobrevivieron”. “No sé cómo agradecer a esta asociación que ha hecho tanto para mi rehabilitación. No tenemos nada que darles, pero lo principal es que oramos por sus miembros. El Señor Bueno esté con ellos y que sea así para siempre”. “Doy gracias a Dios; después del genocidio, me ha dado a personas que me escuchan y que me aman”. “Sólo Dios nos protegió”. “El gran milagro es que mi hermana, de pocos días de nacida, sobrevivió. Pasó una semana chupando el pecho de nuestra madre muerta. Uno de los asesinos pasó y vio que ella aún estaba viva. Estaba tan sorprendido de ver que había sobrevivido, que decidió llevarla a su casa”. “Tengo muchos recuerdos de mis padres. Todavía recuerdo las últimas palabras de mi padre. Nos dijo que nos iban a matar, pero que los que sobreviviéramos deberíamos amar a los demás y ser valientes”. “Los más afortunados morían de un disparo, fui testigo de la matanza de miles de personas”. “Doy gracias a Dios cuando me acuerdo de ese momento. Fui rescatado junto con muchos otros que fueron encontrados con vida en la maleza o entre el montón de cadáveres”. “He llegado a conocer a muchas niñas y mujeres; todas han pasado por experiencias similares. Nos consolamos mutuamente”. “Había mucha gente allí y me las arreglé para mezclarme con la multitud. Por la misericordia de Dios sobreviví. Me enteré de que mi hermana acababa de morir. Yo estaba desesperada porque pensaba que ella era la última de mi familia”.

Para Hannah Arendt la banalidad del mal expresa la acción mecánica de ciertos individuos que actúan de acuerdo a las reglas del sistema al que pertenecen, sin reflexionar sobre sus actos. Por el contrario hice aquí un informe sobre la banalidad del bien; del bien que no conduce a la acción. Extremos en ambos casos.

 

Los que nunca están solos, los que jamás están solos, los que no van solos, los que unidos caminan, los que juntos atacan… ¡cobardes!

 

Observó Teodoro Adorno que todas las nociones éticas y metafísicas se vuelven imperfectas frente a Auschwitz; podemos concluir, de acuerdo a esto, que los genocidios dan cuenta de la tosca perfección de Dios y de la imperfección de la mismísima definición que da Anselmo de un Dios como una entidad toda perfección. Dijo Adorno: “No es posible escribir poesía después de Auschwitz”. Por mi parte, disculpen el atrevimiento.

 

Las Naciones Unidas no entienden de poesía. Entienden, sin duda alguna, de recursos y sistemas económicos. Por eso se olvidaron de Ruanda y de sus recursos humanos, de su gente, aquella que sufrió por su indolencia, aquella que murió, duélale a quien le duela, por su complicidad. Las Naciones Unidas, con su irresponsabilidad, tornaron en realidad la temible profecía de Isaías:

 

“Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan”. “¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?”.

 

Sí; las Naciones Unidas contribuyeron a liquidar a la poesía y, lo que es aún más reprochable, a sus poetas. Negaron la naturaleza eminentemente práctica de la ética y cultivaron un horroroso cementerio de lágrimas. Olvidaron, y esto siempre debería ser recordado, que no hay poesía sin acción.

 

Si aceptamos la muy probable opinión de Adorno, estamos forzados a decir que Dios, después de Auschwitz, pierde su significado. Ruanda nos lo recuerda; todo ello en contraste con las Palabras Sagradas.

 

¿Palabras sagradas? Les diré la verdad, ¡sagradas las que siguen! Óiganlas. En ellas está oculta la salvación:

Alphonsine, Ange, Donatha, Hilaire, Xavier, Valentina, Daphrose, Jean, Reverien, Mutesa, Rwandan, Uyisenga, Godiose, Fiacre, Belancille, Odette, Eugenia, Teddy, Denise, Denis, Jean­Bosco, Alexandra, Adoline, Gloriasse, Marjorie, Marguerite, Helena, Monique, Donatha, Epiphania, Chantal, Drosella, Pelagie, Claudinne, Catherine, Violet, Marie Josee, Venancia, Jossiane, Julie, Rose, Sheema, Thelma, Rachel, Virginie, Scholastique, Malaïka, Adeline, Bazire, Agathe, Alice, Assumpta, Bernadette, Berthe, Darlene, Marceline, Mathilde, Berthilde, Laetitia

 

Espero que después de oír esto Ud. sienta ganas de ser una mejor persona.

 
 
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