02.03.2007
Autor:

 

Treinta años de Martí en Ayacucho

Alberto Rodríguez Carucci


La Biblioteca Ayacucho -desde su fundación en 1974-  ha sido objeto de reconocimientos universales en tanto que es una especie de vasta “enciclopedia de la ilustración americana”, como la caracterizó el maestro paraguayo Augusto Roa Bastos, para quien la colección  “se define como una verdadera historia de las ideas en la agitada producción intelectual y literaria del Nuevo Mundo (…), no ya solamente como una selección de libros capitales, sino como la constelación de un gran libro colectivo, el libro que hacen los pueblos para que los particulares lean”.

En esa suerte de integración, propiciada mediante la confluencia prodigiosa de las palabras y el pensamiento latinoamericano, en su más amplia acepción, se tiende un hilo de matices y continuidades que articula épocas y especificidades culturales, conformando esa peculiar, compleja y heterogénea cartografía intelectual que llamamos   -con la expresión de José Martí-  “Nuestra América”, cuya existencia no puede ser sino obra colectiva, dentro de la cual la escritura  -y la trayectoria vital-  del Apóstol cubano tienen un lugar preponderante, como de hecho lo tienen también en la Biblioteca Ayacucho, en cuyo catálogo hay cinco títulos de Martí, distribuidos en tres colecciones del prestigioso sello editorial.  En la Colección Clásica se encuentran  Nuestra América (Nº 15, 1977)  y  Obra Literaria  (Nº 40, 1978); en Claves de América se halla  Con los pobres de la tierra (Nº 4, 1991), una antología destinada a la divulgación popular de la escritura martiana, mientras que la serie de bolsillo La Expresión Americana recoge  -en dos selecciones-  epístolas personales y crónicas periodísticas, en sus volúmenes 20 y 25, titulados respectivamente  Cartas de amistad  y  Escenas norteamericanas, ambos impresos en 2003.

Esos cinco títulos se justifican no solamente por la dimensión múltiple de Martí como autor clásico del ensayo, la poesía y el periodismo de América Latina, sino también por sus evidentes convergencias de principios y criterios en relación con dos predecesores del proyecto Biblioteca ayacucho:  Andrés Bello  y su  Biblioteca Americana;  Rufino Blanco Bombona y su Editorial América, entre cuyas colecciones fue concebida una con el mismo nombre del sello que nos congrega.

Martí había escrito en una reseña sus valoraciones sobre Bello,  resaltándolo como “dueño de ciencias y maestro de letras” entre los grandes fundadores de la expresión americana, mientras que Blanco Bombona  -por su parte-  escribía sus reconocimientos a José Martí destacando que “él predicó el americanismo, la doctrina de la fraternidad salvadora;  él supo recabar de toda la América hispana simpatías a su obra de liberación”.  Ambas percepciones, la del escritor cubano sobre Bello y la del venezolano sobre Martí, testimonian el hilo de continuidad americanista que los unifica, pero es la apreciación sobre el libro y sus funciones en el ideario del escritor antillano la que refrenda con mayor fuerza las confluencias de los tres intelectuales.  Tales principios están recogidos en el artículo “Biblioteca Americana”, publicado en 1884 en  La América, de Nueva York, con la firma de Martí, quien animado aún por cierto aire romántico escribía que “cada libro nuevo es piedra nueva en el altar de nuestra raza”,  agregando en seguida:
 
“De los libros honestos, piadosos y fortalecedores hablamos que con espíritu americano estudian problemas de América  […]  Hablamos de esos libros que recogen nuestras memorias, estudian nuestra composición, aconsejan el cuerdo empleo de nuestras fuerzas, fían en el definitivo establecimiento de un formidable y luciente país espiritual americano, y tienden a la saludable producción del hombre trabajador e independiente en un país pacífico, próspero y artístico”. 

No pocas razones halló ahí Ángel Rama    -impulsador y teórico originario de la actual Biblioteca Ayacucho, estudioso del Modernismo hispanoamericano y de la obra de Martí-  cuando escribió que el maestro cubano, al publicar su ensayo sobre “El poema del Niágara”,  -del venezolano Pérez Bonalde-   nos legó “un texto que puede ser considerado el Manifiesto de la modernidad en Hispanoamérica”.  Esa modernidad, en las apreciaciones de Rama,  incluía la integración cultural y literaria de América Latina, fundada sobre rigurosos conocimientos mutuos construidos desde claras perspectivas de crítica y comprensividad.  Al final de su vida, después de publicar numerosos ensayos sobre las culturas y las literaturas latinoamericanas, Rama confesaría en una entrevista, en 1983, que entre sus trabajos había  “bastantes sobre Martí, al punto que prácticamente estoy al borde de terminar un libro recogiendo mis ensayos sobre el escritor cubano”.


De ese hilo consistente deriva la presencia múltiple de los libros de Martí en Biblioteca Ayacucho, toda vez que su lugar en la literatura y en la historia de las ideas latinoamericanas es tan crucial como preponderante, como lo es precisamente su ensayo “Nuestra América”,  que da título al texto que presentamos hoy en su tercera edición, revisada y remozada tanto en su diagramación como en su tipografía y en parte de sus contenidos de referencias documentales.  Esta edición, impresa en Caracas por Editorial Arte, es la primera que se hace en Venezuela, puesto que las dos anteriores se imprimieron en Barcelona, España.    Viene bien esta re-edición nacional –que curiosamente ha aparecido con retardo respecto de la fecha que consigna el colofón- para conmemorar los treinta años de  Nuestra América en la Colección Clásica de la célebre editorial, precisamente en un momento de la vida continental en que parecen renovarse las voluntades, proyectos e impulsos integracionistas. 

Impreso en papel Hansa mate, más amable y grato para la lectura, esta nueva edición trae tapas y sobrecubiertas mejoradas en su colorido y notas de referencia en las solapas nutridas con más información sobre el compilador, el prologuista y el autor de la cronología, sin olvidar los datos del pintor que ilustra la portada, el haitiano Laurent Casimir con su obra Fête créole.
 
La compilación inalterada fue realizada por Hugo Achúgar; el prólogo es el mismo de la primera edición, “Fuentes y raíces del pensamiento de José Martí”, firmado por Juan Marinello y la cronología responde al trabajo acucioso de Cintio Vitier.  Los tres dan garantías de una edición excepcional, digna de la colección, en la cual se hizo el esfuerzo por actualizar tanto la cronología como la bibliografía.

El volumen consta de siete secciones conformadas según sus respectivas unidades temáticas.  La primera,  “Idea de Nuestra América”  reúne un conjunto de textos complementarios del ensayo principal, que -como es bien sabido-  es el más reconocido entre los escritos de Martí.  La segunda sección, “Las conferencias internacional y monetaria”  es representativa del orador y activista que fue Martí,  tanto en el periodismo como en la acción política.  El siguiente apartado lleva el título genérico de “Hispanoamericanos” y está consagrada a las semblanzas de once figuras fundamentales, tanto en la fundación de las historias republicanas como en la construcción de una literatura propia del escenario moderno de finales del siglo XIX.  Le sigue un segmento dedicado a los “Apuntes de viaje”, testimonios breves en su mayoría, que dan cuenta de las andanzas de Martí por Centro América, el Caribe insular y Venezuela.  La quinta escala la componen nueve cartas de amistad, reunidas bajo el título de “Correspondencia”, tras el cual siguen “Otros textos”, una colección de escritos variados integrada por los editoriales de proyectos hemerográficos, reportajes, discursos en foros literarios internacionales, ensayos de crítica literaria y hasta algún cuadro de costumbre ofrecido como comentario de alguna estampa fijada en la memoria del autor.  El séptimo segmento,  “Notas para la América”, agrupa media docena de textos que recuperan el tema central del libro: situaciones, condiciones y posibilidades resolutivas de nuestro continente, que se detienen en las técnicas del trabajo agrícola, la formación laboral de las trabajadores; los libros necesarios para apoyar ese desarrollo; los antecedentes indígenas -sensibles y fructíferos- de la relación hombre-naturaleza, como anotaciones reflexivas a partir de las preocupaciones socio-antropológicas de Martí.

Entre el conjunto total del libro sobresale el texto inicial,  “Carta a Gonzalo de Quesada”, que es  -a la vez que testamento intelectual-  una vigorosa pincelada autobiográfica y autocrítica en la cual Martí destila juicios sobre su propia escritura, en un balance conmovedor y severo de su obra, revisada poco antes de su muerte.  “¿Qué habré escrito sin sangrar, ni pintado sin haberlo visto antes con mis ojos?”,  se pregunta el autor, quien apunta que sus obras  “Sólo valen si se les pega sobre la realidad y se ve con qué sacrificio de la literatura se ajustaban a ella”.  En la carta Martí expone el plan que ha concebido para la edición ordenada de sus libros, confesando que  “esos libros han sido mi vicio y mi lujo, esos pobres libros casuales, y de trabajo.  Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que no necesitaba para la faena”.  Casi al despedirse, pide a Quesada que disponga de los libros que deja para beneficio de su familia,  “sin salvar  más que los libros sobre nuestra América -de historia, letras o arte-…”

De ese material, precisamente, consta el tomo que nos entrega hoy la  Biblioteca Ayacucho, que no es sino la presentación articulada del pensamiento latinoamericanista de José Martí, con el ensayo “Nuestra América” como eje de la selección.  Un texto fundamental de la reflexión y de la escritura hispanoamericanas que tuvo y tiene el mérito extraordinario y excepcional de haber sido pionero en la crítica de las realidades republicanas de finales del siglo XIX, cuando se consolidaban institucionalmente  los estados hispanoamericanos y los EEUU comenzaban a elaborar y a diseñar sus proyectos ingerencistas y de expansión hemisférica.

Martí, más allá de la tendencia de época de ver la historia reducida a meros hechos anecdóticos, propone una visión cualitativa de las realidades latinoamericanas, advirtiendo que los logros de la independencia no habían conseguido ni superar la mentalidad colonial ni interpretar de manera precisa y coherente las contradicciones económicas, sociales, étnicas, políticas y culturales de América Latina.  Cuestiona que sus males han querido vencerlos los gobernantes mediante la copia mecánica de soluciones surgidas y  aplicadas en realidades muy distintas.  “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”, señala Martí, para afirmar luego que  “la colonia continuó viviendo en la república”  sometida a “la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas”, tras las cuales se formaron unos mandatarios “que negaban el derecho del hombre al ejercicio de su razón […];  la razón de todos en las cosas de todos”.

El autor convoca entonces a un despertar y a buscar soluciones fundamentándolas sobre  “las armas del juicio”  y  sobre el conocimiento cabal y sustentado de nuestros países, pues entiende que  -en nuestro continente-   el arte del gobierno “es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América”.  Resalta así el papel fundamental del conocimiento en los destinos latinoamericanos:

“Conocer es resolver.  Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías”.  [Invita al estudio “de los factores del país en que se vive”]  “Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella.  Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos”.

Martí propone que para dirigir nuestros países es indispensable ese conocimiento, como lo es “pensar con orden”, con amplitud de miras ante la composición étnica y social de los países, con sentido inclusivo y críticamente, para mantener viva la capacidad analítica ante la dinámica cambiante de las realidades.

En el proyecto de Martí los pueblos de América deben conocerse mutuamente, reconocerse en sus intereses comunes y reconocer con atención los contextos compartidos, tanto como sus obstáculos.  Propone comunidad de miras y unidad de propósitos e iniciativas, a la vez que atención vigilante ante los impulsos y el empuje de la América del Norte, por su “diferencia de orígenes, métodos e intereses”. Por último, acota Martí en su ensayo de 1891:

“El desdén del vecino formidable,  que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América;  y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe.  Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia.  Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos”.

En suma, José Martí, aparte de hacer un acto de apropiación consciente de la realidad americana, al acuñar la expresión Nuestra América, con todo el sentido diferenciador que ello comporta, invita a pensar el continente como cosa propia en toda su complejidad, pues para Martí el punto de partida debe ser comprensivo:  “Pensar es servir”, dice en su ensayo,  “servir es mi mejor manera de hablar”,  había escrito en su carta a Gonzalo de Quesada.

Sobre el análisis, la reflexión profunda y la búsqueda de las soluciones necesarias, apoyadas firmemente en conocimientos pertinentes y adecuados, emprendió Martí su vocación histórica e intemporal por conseguir y abonar la que él llamó  “la semilla de la América nueva”.  Biblioteca Ayacucho  la entrega hoy, una vez más, para el cultivo y el disfrute de todos.

 
 
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