La última tierra de Neruda

“Hemos perdido aún este crepúsculo” P.N.

“Los están matando. Los están fusilando”. Sus manos buscaban con clamor las de su amada Matilde, como si su presencia en la pálida clínica fuera un mazo de yedra en el abismo del miedo. Afuera, en Santiago, los lobos de Pinochet asolaban a Chile y mordían con furia el Palacio de Gobierno donde el Presidente Allende los esperaba para desaparecerlos, armado de pureza.

Neruda agónico, no abandonaba un minuto la radio que le avisaba de la gran herida la República Socialista, de la que fuera, con su amigo presidente, figura señera. Entonces supo del holocausto de Allende. Del fin del mundo.

Las lastimaduras de su enfermedad terminaron por hundir su puya más adentro, donde aún alumbraba la llama de su poesía, el largo fuego de su imaginación, cuya primera brasa tuvo aquel ardimiento en Crepusculario, tan cerca de su juventud en Parral, el villorrio de su infancia, no lejos de Temuco, el río que parecía siempre devolverse de tan solo, de tan sin nadie: en esa tierra color de excremento.

“Límpiame la cara”, le pidió Neruda, mientras moría, a Matilde, “La Patoja” de su ternura al tiempo que el Embajador de México quiso llevarlo a su país para salvarlo y se lo dijo.

A prisa corrió Matilde a Isla Negra para reunir los enseres del viaje de la resurrección. Al regreso, le tomó la mano a su amado y sintió de pronto el estremecimiento, amigo del enigma y el misterio que sigue a la definitiva quietud.

Chile estaba oscuro. Su cielo se había cubierto de ceniza y pólvora. Tenía las manos cortadas del mártir Víctor Jara y el corazón ametrallado de Salvador Allende.

Cuando los chilenos acudieron a ver cómo moría Neruda, hallaron La Chascona. Su casa de Valparaíso, había sido reducida a basurero: cuadros, ídolos, adornos, toda la belleza atesorada por el poeta de La Residencia en La Tierra y Canto General, olía a chamusquina y a oprobio. El cuerpo del poeta que invitaba al hombre terrestre y le decía “sube conmigo a nacer hermano”, hubo que buscar la hendija grande de su patio para que lo llevaran en hombro a la tumba prestada más triste.

Afuera la ametralladora, el fusil, y los rostros de la soldadesca asomaban el miedo bajo sus cascos. Alguien, un alto oficial, entró a la casa devastada. Matilde los vio acercarse: “ya vienen” -dijo- no los recibiré. El mílite con estrellas de trapo en los hombros preguntó por ella: “¿dónde está la viuda? ¿Dónde hay un pariente del señor Neruda?”  “La viuda está reposando y no los recibirá”, se atrevió a responderle Chela Álvarez, alguien desde ahora en la historia de Chile ensangrentado, anota Volodia Teitelboim, el amigo y camarada nerudiano en su libro Neruda, de la Biblioteca Sudamericana de 1996.

Lo que siguió cuenta el coraje de unos cuantos que avanzaba con los despojos del poeta entre lágrimas y la valentía en medio de la punta de las armas de los soldados que orillaban el cortejo.

Alguien dijo “Neruda” y los enlutados de la contrita procesión respondieron sin temor alguno, porque por ellos hablaba Chile airado, “presente”. Al fondo una voz pronunció el nombre Víctor Jara y Salvador Allende. Era 23 de septiembre de 1973 en todos los crepúsculos. Nunca más amaneció. La luz de Lautaro y de Caupolicán, la sangre de la uva y del hombre cubrió la luz del sur esa vez.

No tardaría la gloria en ir a buscar la muerte de su poeta con Chile a su diestra, para ceder su eternidad el pueblo que habla en sus versos, es decir la tierra entera. Allí permanece en el tomo dos de los Clásicos de la Biblioteca Ayacucho y en la memoria del hombre terrestre. Cierta tarde miró hacia atrás su vida, supo cuánto había sido y concedió “Confieso que he vivido”.

La poesía, donde quiera que se encuentre, le corrige el tiempo pasado y lo escribe en presente cada día.

 

Luis Alberto Crespo

 

 

 

 

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