Chávez, de Sabaneta al infinito

“Llanos de afuera”, llaman al suelo venezolano que orilla la falda de sus montañas. La llanura queda más abajo, por decir el tendido, la línea fija de una tierra que nunca se empina. Casi toda Venezuela es así. Gallegos lo dijo, no más comenzó a imaginar a Cantaclaro. Quien habla de Barinas sabe cómo se libera la cuesta andina de su costado levantado, su alzado asomo, para adelgazar su apariencia y darle presencia de lejura derribada.

Municipios se miran allá, como el Alberto Arvelo Torrealba, donde convive la ladera de los Andes cercanos con la tierramenta. El samán y la palma ralean y es otra la geografía sabanera, menos abierta, interminable.

Ahora hace ya tiempo que a los caminos no se los llevaban el polvo y el resplandor donde antes vivía la soledad de los veranos y el chubasco. La casa conocía otra distancia e igual el habitante. El rastro, esa huella dispersa y varia, devino carretera y el caballo desertó para cederle el paso al automóvil. El silencio de lo solo

dejó persistir imperturbado. Hoy, la Venezuela rural es allí casi un recuerdo. El cemento, el techo de lo urbano, la estación de servicio, el supermercado, abatieron los estantillos del corral, el ventorrillo. La casa colectiva es mucha y para todo fin. El cable de la luz eléctrica y el edificio tapan el gran hueco de la vastedad.

De ese ayer es Sabaneta. Por alguna de sus esquinas un muchacho ondea una bandeja cargada de dulzuras. Donde vive es techumbre ingrata, verdor hirsuto. ¿Quién es? “Uno de los cien mil niños que nacen en las chozas marchitas de Venezuela”, dijera Miguel Otero Silva en un poema indispensable. Sus padres son dos maestros de escuela. No está solo: sus mejores amigos son sus hermanos.

¿Eso es todo? Podría ser. Todavía ocurre, pero alterada aquella pequeña figura de la infancia que decimos, realenga, de vendedor de granjerías, a lo mejor en bicicleta, evadiendo el tráfago automotor, pero el niño al que esta vez seguimos de cerca lleva signado un destino que él no puede jamás siquiera columbrar. Se llama Hugo Rafael Chávez Frías. Su otrora pequeña y anónima historia lo ha visto alborotar el polvo de los baldíos jugando al béisbol. Es su furor. A medida que deja atrás su infancia sueña viéndose de uniforme en el gran patio de un estadio, celebrado por los fanáticos que mitifican sus lanzamientos de pitcher. A lo sumo atiende a las exigencias del aula donde sus padres avivan la enseñanza escolar.

La realidad y el ensueño andan del diestro de su ser.

Aún es nadie o cualquiera de los muchos niños de la Venezuela esteparia. Ya roza la adolescencia. Todavía y con más ahínco se imagina una leyenda del deporte y su nombramiento en la Gran Carpa más allá de los palmares y las sombras de los alcornocales y el curso tardo del río. Pero es pobre. Carece del sosiego que trae el contento del buen vivir, la abundancia.

Seguirlo todavía por las esquinas de Sabaneta de vendedor de arañitas, la dulcería del papelón y el coco y visitar sus francachelas en los encuentros de la pelote y el bate, retardaría la biografía que le reserva

el mañana, cuando mude su sueño de atleta por el del soldado. Entonces comenzará a llamarse cadete del ejército, estudiante de la disciplina castrense. ¿Quién es esta vez? Un joven espigado, de traje azul, que sufre la disciplina de la orden y el grave aprendizaje de las armas y su ética. Lee, lee mucho. El héroe de su distracción silenciosa es Simón Bolívar. La anécdota que colma las páginas de su lectura lo amista con la heroicidad y el enfrentamiento con la dificultad en la pasión justiciera. Bolívar se parece cada vez más en su diaria admiración a una figura señera a la búsqueda de un país sin fronteras y único en su soberanía que quiso ganar para América aquél, su héroe, el general anticolonialista.

Un día fue Capitán. Sus soldados le obedecían en los infinitos de Apure, en Elorza, donde el río Arauca cruza la línea incierta de la frontera. Ahí, en el mediodía de la plaza del pueblo, dijo su primera y definitiva arenga bolivariana al festejar el recuerdo de su bisabuelo, el guerrillero Pedro Pérez Delgado, Maisanta, rabioso y valiente con el máuser y la espada antigomecista.

El viento del llano (como lo imaginó Gallegos mientras inventara a Florentino Coronado a caballo bajo la gran canícula guariqueña) deja oír muy adentro de las leyendas la voz del entonces Capitán Chávez animando a quienes lo oían ( gente de a caballo, vegueros, pastores y mercaderes, indios y negros, gente del común) a abrazarse entre sí con el soldado y el hombre civil como lo soñara Simón Bolívar en su desvelo por fundar una patria del tamaño de América.

Hoy, aquel muchacho vendedor de dulcerías que naciera un 28 de julio en la lejana Sabaneta barinesa; aquel jugador de pelota caliente en la resolana de Sabaneta, cedió a la muerte su presencia real de comandante del pueblo venezolano para difundirla entre nosotros como un aliento colectivo de país único, indistinto, de iguales, el del bolivarianismo socialista.

 

 

 

 

 

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